Autoestima es una palabra que es la combinación de otras dos: Auto-estima. Es decir: Amor Propio. Y si eres teletrabajador, probablemente sientas que ese amor propio a veces se pierde entre notificaciones, videollamadas y la presión de demostrar que “vales” aunque nadie te vea físicamente.

La autoestima es la forma de percibirnos a nosotros mismos. Es el amor que nos profesamos y con el que miramos cada una de nuestras acciones, desde cómo manejamos un proyecto hasta cómo nos sentimos al apagar la computadora al final del día. Es el valor que nos damos a nosotros mismos como seres en el mundo, no solo como “empleados remotos”.

El problema es que vivimos en un mundo que, desde pequeños, decide por nosotros qué es valioso y qué no, y de paso, no deja de recordarnos todas aquellas cosas a las que “no llegamos”. Y en el teletrabajo, este problema puede sentirse aún más grande, porque muchas veces nuestra valía parece depender de métricas invisibles: ¿respondí lo suficientemente rápido ese correo? ¿Parecí lo suficientemente profesional en esa videollamada? ¿Estoy trabajando lo suficiente aunque nadie me supervise?

Los seres humanos funcionamos mucho desde la comparación.

Esto en principio no es un problema, pero empieza a serlo cuando vivimos entre anuncios de personas con vidas perfectas y oficinas impecables, redes sociales que nos muestran a ese colega que parece tenerlo todo bajo control mientras trabaja desde una playa, y entornos laborales que, aunque virtuales, a veces se dedican a machacar nuestra autoestima al hacernos sentir que “nunca es suficiente”.

En el teletrabajo, esta comparación puede ser especialmente cruel. ¿Cuántas veces has sentido que no estás a la altura porque no tienes un setup de trabajo digno de Instagram, con plantas, luz perfecta y una silla ergonómica de diseño? ¿O te has sentido menos valioso porque no estás físicamente en la oficina, participando en esas charlas informales que parecen tan importantes para “ser visto”?

La mayoría de nosotros, teletrabajadores incluidos, terminamos con una autoestima baja y una autoexigencia alta sobre lo que deberíamos estar haciendo, consiguiendo o demostrando, especialmente en un entorno donde no hay nadie cerca para decirte “oye, lo estás haciendo genial”.

Autoestima y teletrabajo: un desafío único


Si esto te ocurre, es momento de frenar. De recalcular ruta y comenzar a decidir por ti mismo a qué colocas valor en tu vida, más allá de las métricas de productividad o las expectativas de otros. Es momento de descubrir por qué ya tienes valor suficiente, incluso si tu cámara está apagada en las reuniones, incluso si no respondes un correo en menos de un minuto, incluso si tu día no fue “perfecto”.

El proceso de incrementar o sanar tu autoestima, especialmente como teletrabajador, es el proceso de aprender a quererte, a valorarte por lo que eres más que por lo que produces o por lo que te han dicho que deberías ser. Es aprender a verte como una persona valiosa, no solo como un avatar en una pantalla o una lista de tareas completadas.

Es el proceso de soltar lastre —el lastre de la comparación, el lastre de la autoexigencia, el lastre de sentirte invisible— y dedicarte a ti.

Porque, seamos honestos, ¿de qué sirve ser el empleado estrella si al final del día no te sientes bien contigo mismo?

¿Por qué es importante apoyarme en un profesional?

Un psicólogo conoce cómo funciona la autoestima, especialmente esa autoestima que puede tambalearse en el mundo del teletrabajo, donde la falta de contacto humano y la presión de “demostrar” nuestro valor pueden hacer que nos sintamos pequeños. Sabe qué la hace sufrir —como la comparación constante, la sensación de no ser visto o la autoexigencia de ser perfectos en un entorno virtual— y qué la hace crecer, como aprender a reconocer nuestro valor intrínseco, más allá de lo que producimos o de cómo nos ven los demás.

Un profesional puede darte un apoyo sólido, un lugar donde aprender a quererte de nuevo, incluso cuando sientes que tu trabajo remoto te reduce a una lista de tareas o a un nombre en un chat. Puede ayudarte a cambiar la forma en que gestionas tu identidad y tu valor en el mundo, para que recuperes la sensación de sentirte válido y suficiente, incluso si tu día no fue digno de un post en LinkedIn, incluso si tu setup de trabajo es solo una mesa en el comedor con un café frío al lado.

No sé por qué, pero cuando se trata de un motor estropeado, nadie duda en llamar a un mecánico. Es casi instintivo. En las comedias americanas siempre se burlan de ese padre de familia que quiere hacerse el electricista para ahorrar unos dólares y termina con un apagón en todo el vecindario.

Y sin embargo, cuando se trata de nuestra mente, de esa autoestima que se tambalea cada vez que nos comparamos o sentimos que no llegamos, nos empeñamos en “arreglarlo” solos. Nos han vendido la idea de que debemos autogestionarnos, de que debemos ser fuertes, de que pedir ayuda es un signo de debilidad.

Pero, espera un segundo, ¿alguien nos enseñó cómo hacer eso? ¿Alguien nos dio un manual para querernos cuando nuestro mundo laboral se reduce a una pantalla y cuatro paredes, cuando no hay un compañero cerca para recordarnos que valemos mucho más que nuestra productividad, o cuando la presión de “ser visto” en un entorno virtual nos hace sentir invisibles?

¡Claro que no!

En mi cabeza, eso es tan absurdo como si me pidieran construir un cohete espacial con un tutorial de YouTube. No lo intentaría ni en sueños, y si lo hiciera, acabaría frustrado, perdiendo tiempo y, probablemente, empeorando las cosas antes de rendirme y buscar a alguien que sepa de verdad.

Tu cohete espacial es tu mente, tu amor propio, tu capacidad de disfrutar de la vida sin que la presión del teletrabajo te haga dudar de tu valor. Y ahora, con el trabajo remoto, es como si le hubieras añadido un montón de piezas nuevas sin instrucciones: la presión de estar siempre “visible”, la falta de contacto humano que te recuerde que eres suficiente, la sensación de que tu valía depende de lo que produces y no de lo que eres.

Es completamente normal buscar a alguien que ya conoce el mapa, que puede guiarte para que el viaje sea más ligero y, quién sabe, incluso emocionante.

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