¿Qué es la soledad?

La gran pregunta, la que siempre vuelve como un boomerang. ¡Soledad sentimos todos! Sí, lo sé, suena a cliché, pero quédate conmigo un segundo. Y tú dirás…

«- No, espera, no todo el mundo siente que su casa se ha convertido en una estación espacial donde eres el único astronauta.»

Y oye, te doy toda la razón. Pero mira, todos hemos estado solos alguna vez, aunque no a todos nos hace eco en el pecho como si estuviéramos gritando en una cueva vacía.

La soledad no es solo estar sin compañía, ¿sabes? Es esa sensación de estar desconectado, como si fueras un móvil con la batería al 1% y sin un cargador a la vista. Es tu mente y tu corazón enviándote un SOS, diciendo: "¡Oye, necesito un poco de señal humana, por favor!". Y hasta aquí, ¿adivina qué? ¡No suena tan mal!

Porque, en realidad, no lo es. Es una maravilla que nuestro sistema interno tenga una alarma para recordarnos que necesitamos a otros, igual que nos avisa cuando tenemos hambre o sueño. Imagínate que llevas todo el día en videollamadas, pero ninguna de esas charlas te llena, ninguna te hace sentir "visto".

Y de repente, te das cuenta de que lo más cerca que has estado de una conversación real fue saludar al repartidor y pedirle que deje el paquete en la puerta. ¡Eso es tu alarma de soledad pitando a todo volumen!

Pero, claro, no todos sentimos esa alarma con la misma intensidad. Algunos teletrabajadores apenas la notan, como si tuvieran el modo "no molestar" activado de forma natural; otros la sienten de vez en cuando, como un zumbido leve. Y luego están los que, especialmente en el mundo del teletrabajo, sienten la soledad como si estuvieran atrapados en una película de ciencia ficción, donde el único sonido es el de sus propios pasos (o el de sus dedos tecleando un correo tras otro).

¿Te suena eso de mirar por la ventana y preguntarte si el vecino también estará tan solo como tú, o si eres el único que siente que su vida social ahora es un historial de chats en WhatsApp?

¿De dónde sale esta soledad? ¿Es algo con lo que nacemos?

No, aunque es cierto que algunos nacemos con una configuración un poco más "sensible" al silencio social, como si tuviéramos un termostato emocional que se dispara más rápido. Pero la verdad, la gran verdad, es que la mayoría de las personas que sienten soledad, especialmente los teletrabajadores, no nacieron con ese vacío. Ese vacío se ha ido construyendo, como un castillo de naipes, a base de experiencias, ideas y, sí, también gracias a las maravillas (y maldiciones) del trabajo remoto.

Piénsalo: ¿alguna vez te hicieron creer que "estar solo es lo mismo que ser fuerte"? ¿O que "si no tienes a alguien con quien compartir, es porque algo falla en ti"? Ahora añádele el teletrabajo, ese gran experimento social donde tu "oficina" es tu sofá, tu "compañero de trabajo" es tu gato (si tienes suerte), y tu "pausa para el café" es un scroll infinito por redes sociales viendo las vidas perfectas de otros.

Y no olvidemos las experiencias que marcan.

Quizás alguna vez intentaste conectar con tu equipo virtualmente y sentiste que eras invisible, como si tus mensajes en el chat grupal fueran globos que se pierden en el cielo sin que nadie los vea. O tal vez tienes creencias que no te ayudan, como "si no estoy físicamente en la oficina, no formo parte del equipo". Todo esto, mezclado con lo bien o mal que se te da construir puentes hacia los demás, puede hacer que la soledad se sienta como un compañero de piso no deseado.

¿Qué significa esto para ti?

Que no te castigues.

La soledad que sientes ahora mismo no es un defecto de fábrica. No es algo que "elegiste" ni un castigo por no ser "lo suficientemente sociable". Es más bien el resultado de un montón de piezas que se han ido juntando, como un rompecabezas que no pediste armar: cosas que aprendiste de pequeño, momentos que te marcaron y, por supuesto, ese gran cambio que es trabajar desde casa, donde las paredes de tu salón se convierten en tu único testigo. Así que, por favor, cambia esa palabra tan fea, “culpa”, por una mucho más justa: “responsabilidad”.

Es verdad, no eres culpable de estar aquí, pero sí tienes en tus manos decidir qué hacer con este momento. Y ojo, no estoy aquí para darte órdenes. Puedes decidir trabajar en esa soledad, buscar formas de llenar ese vacío, o puedes decidir dejarlo como está. Ambas opciones son válidas, y ninguna me hará juzgarte.

Dicho esto, si me preguntas qué pienso, te diré que no le deseo a nadie vivir con esa sensación de estar perdido en su propia órbita. Porque, vamos a ser honestos, ¿quién quiere pasar sus días sintiendo que su única compañía es el eco de sus propios pensamientos, o que su mayor interacción del día es decirle "gracias" al asistente virtual que te recuerda tu próxima reunión?

Es algo a tener en cuenta, ¿no crees?

¿Por qué debería buscar ayuda profesional?

¿Por qué será que si se te pincha una rueda, no dudas en llamar a un mecánico, pero si sientes que tu mundo se vacía, te empeñas en "arreglarlo" tú solo? Es como esas comedias americanas donde el protagonista intenta pintar su casa entera sin ayuda y acaba con pintura hasta en las cejas.

La respuesta es sencilla: no venimos al mundo sabiendo cómo llenar los vacíos, cómo tejer conexiones humanas o cómo sentirnos acompañados cuando nuestro "mundo laboral" es una pantalla y cuatro paredes.

Y menos aún en esta era del teletrabajo, donde las reglas del juego han cambiado tanto que ni siquiera sabemos dónde está el tablero. ¿Quién te enseñó a crear lazos cuando tus compañeros son solo nombres en una lista de Zoom? ¿O a no sentirte como un náufrago cuando llevas semanas sin una conversación cara a cara?

Vivimos en una sociedad que nos empuja a ser autosuficientes, a "arreglarnos" solos, a no "molestar" a nadie con nuestras necesidades. Pero, espera, ¡eso es como esperar que sepas pilotar un avión sin haber visto un manual! No tiene sentido.

En mi cabeza, es tan absurdo como si me pidieran reparar un cohete espacial con un tutorial de YouTube. No lo intentaría ni en sueños, y si lo hiciera, acabaría frustrado, perdiendo tiempo y, probablemente, empeorando las cosas antes de rendirme y buscar a alguien que sepa de verdad.

Tu cohete espacial es tu mente, tu corazón, tus ganas de conectar. Y ahora, con el teletrabajo, es como si hubieras añadido un montón de piezas nuevas sin instrucciones: la falta de risas compartidas, la desaparición de esos momentos espontáneos en el pasillo, la sensación de que "si no estoy en línea, no existo".

Es completamente normal buscar a alguien que ya conoce el mapa, que puede guiarte para que el viaje sea más ligero y, quién sabe, incluso emocionante.

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