Junto con la ansiedad, las llaman las enfermedades del siglo XXI.

Y no es para menos. En los últimos años ha habido un incremento en los índices de depresión alarmantes, especialmente entre quienes trabajamos desde casa, frente a una pantalla, sin esa chispa de vida que solía darnos el trajín de la oficina.

Y es que parece que cuantas más facilidades tenemos —herramientas digitales, reuniones desde el sofá, horarios "flexibles"— más tristeza sentimos.

¿No te parece irónico? Vivimos en un mundo donde todo está a un clic de distancia, pero a veces sentimos que la alegría está a años luz.

Existen muchas razones que podrían explicar el por qué. Pero serían tantas como personas existen, y en el caso de los teletrabajadores, aún más: la falta de contacto humano, la presión de estar siempre disponibles, la sensación de que nuestra vida se reduce a una pantalla. Lo que nos interesa más, sin embargo, es cómo tratar la depresión, especialmente cuando el teletrabajo parece añadir un peso extra a esa nube gris que ya llevamos encima.


¿Qué es la depresión?


Una depresión no es más que un estado profundo de tristeza. Y la tristeza, por más pesada que se sienta, no es más que una emoción, con sus reglas, sus mensajes y sus manías, como todas las demás.

Una emoción es como un correo urgente que tu cuerpo y tu mente te envían para decirte: "¡Oye, aquí hay algo que no está bien!". En el caso de la tristeza, ese correo suele venir con un archivo adjunto lleno de experiencias internas, traumas, recuerdos o situaciones que necesitan ser abiertas, leídas y archivadas de forma adecuada para que puedas avanzar.

La tristeza nunca llega sola, eso es lo primero que hay que entender. Siempre la trae algo, como un repartidor que toca el timbre y deja un paquete inesperado en tu puerta. Y en el mundo del teletrabajo, ese "algo" puede ser el silencio ensordecedor de tu casa después de ocho horas de teclear sin hablar con nadie, la sensación de que tus logros no importan porque nadie los ve, o esa vocecita que te dice "si no estás en línea, no existes".

Aquí es donde entra el trabajo de detective: hay que averiguar de dónde viene ese paquete de tristeza. ¿Es realmente el problema en sí (por ejemplo, sentirte aislado en tu burbuja de teletrabajo), o es más bien la forma en que lo estás mirando (por ejemplo, pensar que "si no estoy en la oficina, no valgo lo mismo")?

Una vez que desentrañamos el origen de esa emoción, podemos cuestionarla, trabajarla, aceptarla y, finalmente, dejarla ir para abrir espacio a algo más ligero, más sano, más tuyo.


La depresión en el teletrabajo: un desafío único


No nos engañemos, la depresión no es un paseo por el parque, y mucho menos cuando trabajas desde casa. No es fácil de sentir, no es fácil de llevar y, desde luego, puede parecer una montaña imposible de escalar.

Si estás leyendo esto, es muy posible que sientas que cada día es como un bucle infinito: te levantas, enciendes la computadora, trabajas, apagas la computadora, y te preguntas si alguien notaría si no estuvieras allí.

Quizás miras esas reuniones en Zoom y piensas:

"¿De verdad esto es todo? ¿Dónde quedó la vida que solía tener?".

Y no te culpo.

Es más, es posible que estés leyendo estas líneas sin saber si tendrás fuerzas suficientes para dar un paso más, para buscar ayuda, para encender esa chispa que parece haberse apagado. Y créeme, lo entiendo. Pero también te aseguro que, si decides hacer ese esfuerzo, por pequeño que sea, yo estaré al otro lado, encantado de acompañarte en este camino, de caminar contigo hasta que vuelvas a sentir que el sol puede brillar, incluso desde la ventana de tu home office. Es el ofrecimiento más realista y más sincero que puedo hacerte.


¿Por qué es importante apoyarme en un profesional?

Un psicólogo conoce cómo funciona la depresión, especialmente en este mundo nuevo y extraño del teletrabajo. Sabe cuáles son los gatillos que la encienden —como la falta de interacción humana, la presión de la productividad constante, o la sensación de estar atrapado en un bucle sin fin— y también sabe cómo apagar esos fuegos, o al menos cómo bajarle el volumen a las llamas.

Un profesional puede darte un apoyo sólido, un lugar donde sentirte escuchado y visto, algo que muchas veces falta en el teletrabajo. Puede ayudarte a cambiar la forma en que manejas la tristeza, el aislamiento, la sensación de vacío, y guiarte para que, poco a poco, salgas de ese pozo oscuro en el que ahora te encuentras.

No sé por qué, pero cuando se trata de un motor estropeado, nadie duda en llamar a un mecánico. Es como un impulso reflejo. En las comedias americanas siempre se burlan de ese padre de familia que quiere hacerse el electricista para ahorrar unos dólares y termina con un apagón en todo el vecindario.

Y sin embargo, cuando se trata de nuestra mente, de nuestro corazón, de esa nube gris que no nos deja ver el horizonte, nos empeñamos en "arreglarlo" solos. Nos han vendido la idea de que debemos autogestionarnos, de que debemos ser fuertes, de que pedir ayuda es un signo de debilidad.

Pero, espera un segundo, ¿alguien nos enseñó cómo hacer eso? ¿Alguien nos dio un manual para lidiar con la tristeza cuando nuestro mundo laboral se reduce a una pantalla y cuatro paredes? ¡Claro que no!

En mi cabeza, eso es tan absurdo como si me pidieran construir un cohete espacial con un tutorial de YouTube. No lo intentaría ni en sueños, y si lo hiciera, acabaría frustrado, perdiendo tiempo y, probablemente, empeorando las cosas antes de rendirme y buscar a alguien que sepa de verdad.

Tu cohete espacial es tu mente, tu energía, tu chispa, y ahora, con el teletrabajo, es como si le hubieras añadido un montón de piezas nuevas sin instrucciones: la falta de contacto humano, la presión de estar siempre "encendido", la sensación de que tu vida se ha reducido a un bucle de reuniones virtuales y correos electrónicos.

Es completamente normal buscar a alguien que ya conoce el mapa, que puede guiarte para que el viaje sea más ligero y, quién sabe, incluso emocionante.

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