La ira es la emoción más explosiva de todas. Es la que más asusta a los demás, y si eres teletrabajador, probablemente también la que más rápido aparece cuando estás solo frente a la pantalla, sin nadie cerca para calmar el incendio. Muchas veces, antes de que te des cuenta, ya estás en medio de una tormenta de descontrol.
Si tienes problemas con la ira, sabrás lo difícil que puede resultar manejarla, sobre todo si no sabes cómo, y más importante, por qué tienes tanta. Y en el teletrabajo, donde las frustraciones pueden acumularse en silencio y no hay un compañero en el escritorio de al lado para hacer una broma y bajar la tensión, esa ira puede sentirse como un volcán a punto de erupcionar.
Esto es lo que ya sabes:
La ira es la emoción relacionada con el enfado. En ocasiones es necesaria, sana y adaptativa —como cuando te pones firme ante una injusticia o defiendes tus límites—. Pero produce problemas cuando aparece en momentos que no toca, como cuando explotas por un correo mal redactado, o en una intensidad que se te descontrola, como cuando te encuentras gritándole a la pantalla porque el internet se cayó en medio de una reunión importante.
Esto es lo que tal vez no sepas:
La ira es una emoción que sentimos los seres humanos cuando algo o alguien nos amenaza. Cuando nos sentimos pisados, maltratados o ignorados. Cuando alguien limita nuestra libertad o nuestro ser, como ese jefe que te pide estar “siempre disponible” aunque estés trabajando desde casa, o ese compañero que te interrumpe constantemente en las videollamadas sin respetar tu turno.
Es una emoción defensiva que entra en juego cuando nos sentimos atacados o vulnerables.
En el teletrabajo, estas “amenazas” pueden ser más sutiles, pero no por eso menos reales: la presión de demostrar que estás trabajando aunque nadie te vea, la sensación de que tus esfuerzos no son reconocidos porque no estás físicamente en la oficina, o esa frustración silenciosa de lidiar con problemas técnicos sin nadie que te eche una mano.
A primera vista puede parecer que la ira busca destruir —como cuando te dan ganas de tirar el ordenador por la ventana porque una presentación no carga—. Pero en realidad busca protegernos, ya sea de peligros externos (como un entorno laboral injusto) o de una tensión emocional interna que necesita expresarse de alguna manera, especialmente cuando trabajas desde casa y no hay un espacio físico para “desahogarte” al salir de la oficina.
Esto es lo que seguramente no sabes:
La ira es una magnífica pantalla de humo para otras emociones más difíciles de sentir. Sí, la ira es complicada de gestionar, pero es mucho más “fácil” que enfrentarte a una tristeza profunda por sentirte aislado en tu burbuja de teletrabajo, o a una culpa punzante por no haber terminado todo lo que te propusiste porque te interrumpieron mil veces.
Como la ira es tan espectacular y ruidosa, tapa muy bien esas otras emociones que también están ahí, pidiendo atención. Nos protege de ellas, pero también nos aleja y, por tanto, nos dificulta verlas y gestionarlas como necesitamos.
Y aquí viene otro problema típico del teletrabajo: la ira tiende a expresarse en los lugares y con las personas que no toca. Por ejemplo, cuando explotas con tu pareja o tus hijos porque llevas todo el día acumulando frustraciones en silencio, en vez de canalizar esa energía hacia ese correo pasivo-agresivo de un colega o esa reunión interminable que te sacó de quicio.
En el teletrabajo, donde no hay un trayecto de vuelta a casa para procesar el día ni un compañero con el que desahogarte, es fácil que la ira se desplace a quienes están más cerca físicamente, aunque no tengan nada que ver con el problema.
Gestión de la ira en el teletrabajo: un desafío único
Aquí viene lo interesante: aunque la ira puede sentirse como un incendio fuera de control, en realidad es algo que podemos aprender a manejar, incluso en el caos del teletrabajo. No se trata de reprimirla (porque eso es como tapar un volcán con una alfombra), ni de dejarla estallar sin filtro (porque eso solo genera más problemas).
Se trata de entender qué la activa, qué emociones hay debajo, y cómo canalizarla de forma sana, para que no termine quemando tu paz mental ni tus relaciones personales.
¿Por qué es importante apoyarme en un profesional?
Un psicólogo conoce cómo funciona la ira, especialmente esa ira que florece en el mundo del teletrabajo, donde las frustraciones pueden acumularse en silencio y los límites entre trabajo y vida personal son tan difusos como una pantalla borrosa. Sabe qué la activa —como la presión de estar siempre “encendido”, la sensación de ser invisible o la frustración de lidiar con problemas técnicos sin apoyo—, cuándo es adaptativa (como cuando te ayuda a poner límites) y cuándo no (como cuando te lleva a gritarle a la pantalla o a quienes no lo merecen).
Un profesional puede darte un apoyo sólido, un lugar donde aprender a apagar esos incendios internos sin que terminen consumiéndote. Puede ayudarte a procesar lo que hay debajo de esa ira —esa tristeza por sentirte aislado, esa culpa por no llegar a todo, esa frustración por no ser valorado— y guiarte para que, poco a poco, tu home office deje de ser un campo de batalla y vuelva a ser un lugar donde puedas trabajar, descansar y vivir sin sentirte al borde de la erupción.
No sé por qué, pero cuando se trata de un motor estropeado, nadie duda en llamar a un mecánico. Es casi inevitable. En las comedias americanas siempre se burlan de ese padre de familia que quiere hacerse el electricista para ahorrar unos dólares y termina con un apagón en todo el vecindario.
Y sin embargo, cuando se trata de nuestra mente, de esa ira que nos hace explotar en los peores momentos, nos empeñamos en “arreglarlo” solos. Nos han vendido la idea de que debemos autogestionarnos, de que debemos ser fuertes, de que pedir ayuda es un signo de debilidad.
Pero, espera un segundo, ¿alguien nos enseñó cómo hacer eso? ¿Alguien nos dio un manual para lidiar con la ira cuando nuestro mundo laboral y personal se mezclan en el mismo espacio, cuando no hay un “fuera de la oficina” porque la oficina está en tu comedor, y cuando las frustraciones del trabajo remoto se acumulan en silencio?
¡Claro que no!
En mi cabeza, eso es tan absurdo como si me pidieran construir un cohete espacial con un tutorial de YouTube. No lo intentaría ni en sueños, y si lo hiciera, acabaría frustrado, perdiendo tiempo y, probablemente, empeorando las cosas antes de rendirme y buscar a alguien que sepa de verdad.
Tu cohete espacial es tu mente, tu energía, tu capacidad de disfrutar de la vida sin que la ira se cuele en cada rincón de tu home office. Y ahora, con el teletrabajo, es como si le hubieras añadido un montón de piezas nuevas sin instrucciones: la presión de estar siempre “visible”, la falta de contacto humano que te ayude a bajar la tensión, la sensación de que cualquier error o interrupción es una amenaza personal.
Es completamente normal buscar a alguien que ya conoce el mapa, que puede guiarte para que el viaje sea más ligero y, quién sabe, incluso emocionante.
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