Las fobias pueden ser una verdadera pesadilla para cualquiera que tenga una, y si eres teletrabajador, a veces pueden sentirse como un invitado no deseado que se cuela en tu home office.

Sobre todo cuando limitan mucho nuestra vida y nos alejan de cosas que son importantes para nosotros, como disfrutar de un día sin estrés o incluso sentirnos cómodos en nuestro propio espacio de trabajo.

El término “fobia” está muy desgastado y tergiversado por infinidad de películas, libros y otras fuentes de información.

¿Quién no ha visto una escena dramática donde alguien grita al ver una araña o se desmaya en un ascensor?

A lo largo de los años se ha generado un misticismo y un terror a su alrededor que no ayuda en absoluto a gestionarlas adecuadamente. Y si trabajas desde casa, este drama puede parecer aún más grande, porque tu “zona segura” (tu hogar) a veces se convierte en el escenario de tus miedos.


¿Qué es una fobia, en realidad?


Una fobia no es más que un condicionamiento entre un estímulo concreto y una respuesta de miedo. Es como si tu cerebro tuviera un sistema de alarmas súper entusiasta, diseñado para aprender a alejarse de las cosas que podrían dañarnos.

Lo que pasa es que, a veces, nuestro cerebro es un poco… digamos, exagerado, y aprende cosas que no nos benefician en absoluto. Por ejemplo, imagina que un día, mientras estás en una videollamada importante, tu internet se cae y sientes un pánico absoluto porque piensas que todos te juzgarán.

Tu cerebro podría decidir: “¡Alerta! Las videollamadas son peligrosas, evítalas a toda costa!”. Y de repente, cada vez que tienes que encender la cámara, tu corazón se acelera como si estuvieras frente a un león.

Si lo piensas, todos hemos vivido algún condicionamiento similar, incluso fuera del mundo del teletrabajo. ¿No te ha pasado que alguna vez comiste algo en mal estado y después no has podido volver a probarlo en años, solo de pensar en el olor? Eso es exactamente lo mismo que pasa con las fobias. Solo que, en vez de relacionar un elemento con asco (para evitar que te envenenes), el cerebro lo relaciona con miedo (para “protegerte” de un peligro que, en realidad, no es tan peligroso).

Es decir, que las fobias son el producto de un cerebro que quiere protegerte a toda costa, incluso cuando no hace falta. Así que no te enfades con él, créeme, hace lo que puede, aunque a veces sea un poco… dramático.


Fobias y teletrabajo: un combo especial

Ahora bien, aquí viene lo interesante, especialmente si trabajas desde casa: una vez sabemos cómo funcionan las fobias e incluso cómo se crean, también sabemos recorrer el camino inverso y desactivarlas.

Piénsalo: muchas fobias comunes entre teletrabajadores tienen que ver con el entorno o las dinámicas del trabajo remoto.

- ¿Te da pánico encender la cámara en las reuniones virtuales porque sientes que todos te están juzgando?

- ¿Evitas a toda costa hacer presentaciones en línea porque tu cerebro te dice que vas a fallar estrepitosamente?

- ¿O quizás tienes miedo de que cualquier error en un correo electrónico sea el fin de tu carrera?

Estas fobias pueden parecer pequeñas, pero cuando trabajas desde casa, donde no hay compañeros cerca para darte una palmadita en la espalda o reírse contigo de un error, pueden crecer como una bola de nieve.

La buena noticia es que el trabajo para desactivar una fobia es bastante sencillo y seguro. Con esto no digo que sea siempre un paseo por el parque ni que se resuelva en un chasquido de dedos. Pero desde luego es mucho más factible de lo que las personas suelen creer, especialmente cuando tienes las herramientas adecuadas y alguien que te guíe.

¿Por qué es importante apoyarme en un profesional?

Un psicólogo conoce cómo funcionan las fobias, especialmente esas que florecen en el mundo del teletrabajo, donde el aislamiento y la presión pueden hacer que los miedos se magnifiquen. Sabe cómo trabajar cada una de forma totalmente individual, porque no es lo mismo tener miedo a hablar en una videollamada que sentir pánico cada vez que recibes una notificación de Slack.

Un profesional puede darte un apoyo sólido y reforzante, algo que muchas veces falta cuando trabajas desde casa y no tienes a nadie cerca para decirte “tranquilo, lo estás haciendo genial”. Es capaz de disolver la asociación entre el estímulo que temes (como encender la cámara, enviar un correo importante o incluso trabajar desde un espacio concreto de tu casa) y el miedo que te produce, y reemplazarla por algo más sano, más libre, menos limitante.

No sé por qué, pero cuando se trata de un motor estropeado, nadie duda en llamar a un mecánico. Es casi inevitable. En las comedias americanas siempre se burlan de ese padre de familia que quiere hacerse el electricista para ahorrar unos dólares y termina con un apagón en todo el vecindario.

Y sin embargo, cuando se trata de nuestra mente, de esos miedos que nos paralizan y nos hacen evitar cosas tan simples como una reunión virtual o tan importantes como pedir ayuda, nos empeñamos en “arreglarlo” solos.

Nos han vendido la idea de que debemos autogestionarnos, de que debemos ser fuertes, de que pedir ayuda es un signo de debilidad. Pero, espera un segundo, ¿alguien nos enseñó cómo hacer eso? ¿Alguien nos dio un manual para lidiar con el miedo cuando nuestro mundo laboral se reduce a una pantalla y cuatro paredes?

¡Claro que no!

En mi cabeza, eso es tan absurdo como si me pidieran construir un cohete espacial con un tutorial de YouTube. No lo intentaría ni en sueños, y si lo hiciera, acabaría frustrado, perdiendo tiempo y, probablemente, empeorando las cosas antes de rendirme y buscar a alguien que sepa de verdad.

Tu cohete espacial es tu mente, tu confianza, tu capacidad de disfrutar del trabajo sin que el miedo se cuele en cada rincón de tu home office. Y ahora, con el teletrabajo, es como si le hubieras añadido un montón de piezas nuevas sin instrucciones: la presión de estar siempre “visible”, la falta de contacto humano que te recuerde que no estás solo, la sensación de que cualquier error es un fracaso monumental porque nadie está ahí para verlo en perspectiva.

Es completamente normal buscar a alguien que ya conoce el mapa, que puede guiarte para que el viaje sea más ligero y, quién sabe, incluso emocionante.

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